Cuando a Susan B. Anthony le negaron, por ser mujer, el derecho a hablar en una convención prohibicionista celebrada en Albany, Massachussets en 1853, le encendieron la llama que la llevaría por los próximos cincuenta años a luchar fervorosamente por la igualdad de la mujer.
Abolicionista, educadora, prohibicionista, organizadora de trabajadoras, sufragista y cabildera pro derechos de la mujer, Susan B. Anthony, mejor conocida como “La Campeona de los Derechos de la Mujer”, entendió mejor que ninguna otra fémina de su época que los impedimentos que enfrentaban las mujeres se debían a que carecían del derecho al voto.
Susan B. Anthony nació en 1820 en el seno de una familia cuáquera con una larga tradición como activistas políticos que, entre otras causas, luchaba contra la esclavitud. Cuando su familia se mudó de Massachussets a Nueva York, su hogar se convirtió en el lugar de reunión de la facción cuáquera abolicionista. Se inició como agente de la Sociedad Americana Antiesclavitud, en la cual preparaba discursos, pegaba pasquines por la ciudad, coordinaba reuniones y distribuía hojas sueltas a favor de los negros esclavos. Su activismo fue tal que no faltaron las burlas, los ataques armados y hasta su imagen fue arrastrada por las calles en desprecio a su activismo político.
A los 26 años, Anthony asumió el cargo de directora del Departamento de Niñas de la Canajoharie Academy por el salario de $110.00 anuales. Inmediatamente comenzó su campaña para mejorar las condiciones de estudio y las posibilidades de progreso de las niñas del colegio. En las reuniones con los padres y en las convenciones de educación Anthony no perdía la oportunidad de exigir que las mujeres fueran admitidas a las universidades, que se igualaran sus condiciones de estudio sin importar la raza o el color y que las maestras recibieran mejores salarios.
En 1890 logró recaudar los $50,000 que le requirió la Universidad de Rochester para admitir mujeres. En el 1900 vio su esfuerzo rendir frutos, cuando a último momento, le cedió a la institución el valor en efectivo de su seguro de vida para que las mujeres fueran aceptadas en la institución.
Mientras trabajaba como directora de escuela, Anthony se unió a las Hijas del Prohibicionismo, una organización que educaba sobre los efectos devastadores que tenía el alcohol en las familias. No sólo fue presidenta de la organización sino que también recaudaba dinero para apoyar su causa. Fue en la asamblea de los Hijos del Prohibicionismo, la contraparte masculina de la organización, celebrada en 1853 cuando, por ser mujer, no le permitieron ofrecer un discurso. El malestar que le provocó su exclusión la llevó a organizar junto a la sufragista Elizabeth Cady Stanton la primera convención pro derechos de la mujer en la cual 300 mujeres suscribieron la “Declaración de Sentimientos” que exigía igualdad para las mujeres en los aspectos sociales, religiosos, económicos y morales.
Su temperamento era tal que en 1872 votó ilegalmente. Por su desafío fue arrestada y enjuiciada. Después de meses de juicio y de ofrecer discursos en todo el distrito que, obviamente, influenciaban a los posibles jurados, Anthony fue sentenciada a pagar una multa de $1,000. Con firmeza, Anthony le indicó al juez Ward Hunt “que esto (la sentencia) complazca a su señoría. Nunca pagaré un centavo por este castigo injusto.
Todo lo que poseo es una deuda de $10,000 incurrida para publicar durante cuatro años mi periódico El Revolucionario, cuyo único objetivo era educar a las mujeres a hacer precisamente lo que yo he hecho, rebelarse contra leyes hechas por el hombre… la resistencia ante la tiranía es la obediencia a Dios”. Esta férrea mujer cumplió su palabra: nunca pagó.
Su activismo la llevó a organizar uniones de mujeres en diferentes fábricas, ofrecer discursos, escribir en 1902 junto a otras dos sufragistas el libro Historia del Sufragio de la Mujer, lograr que las mujeres casadas pudieran tener propiedad, su propio salario y la custodia de sus niños, que las mujeres fueran aceptadas en la universidad y a luchar contra la prostitución por considerar que ésta era consecuencia de la inequidad en el matrimonio. Por su compromiso se presentó, consecuentemente, ante todos los Congresos desde 1869 hasta 1906 exigiendo que se enmendara la Constitución de los Estados Unidos para permitirle el voto a la mujer.
Luchadora incansable, Susan B. Anthony nunca logró votar. Murió el 13 de marzo de 1906 a los 86 años en Rochester. Catorce años después de su muerte las mujeres americanas depositarían por primera vez su voto en las urnas.
DOCUMENTOS RELACIONADOS:
Para más información y documentos relacionados a Susan B Anthony visite el Stanton and Anthony Papers Project de Rutgers University
Por: Ana Ivelisse Feliciano, periodista
Este artículo fue publicado originalmente en el periódico El Nuevo Día el 8 de marzo del 2005.
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5.3.12
Tagged under: cultura, derechos civiles, feminismo, MUJERES, sociedad, voto femenino
Del silencio a la lucha
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Desafiante, se negó a cederle su asiento en un autobús a un hombre blanco que lo exigía. El cansancio y la fatiga que tenía después de una larga jornada de trabajo como costurera en una tienda por departamentos fueron determinantes al momento de rehusarse a ponerse de pie. Con este simple gesto, Rosa Parks sacudió los cimientos de la sociedad americana, que aunque proclamaba en su Constitución la igualdad para todos, segregaba por razones de color a sus ciudadanos.
Eran los años 50 y en el sur de Estados Unidos todo estaba marcado “Sólo para Blancos” o “Sólo para Negros”. Rosa Parks creció en ese entorno; asistió a una escuela privada liberal “sólo para negros” en donde escuchaba a miembros del Ku Klux Klan durante sus asaltos nocturnos. Temía que la casa de su familia fuera la próxima que amaneciera hecha cenizas.
Ya en su adultez comenzó su resistencia silente. Dejó de utilizar los ascensores para negros y prefería subir las escaleras. Caminaba del trabajo a su casa a menos que estuviera demasiado agotada, porque la segregación en los autobuses la irritaba -como a cientos de ciudadanos negros que eran tratados de segunda categoría- y ayudaba a los negros a pasar las pruebas que les requerían para poder inscribirse para votar.
La noche del 1 de diciembre de 1955 Parks se encontraba particularmente cansada. Tomó el autobús y se sentó en las filas centrales. Finalmente descansaría sus pies. Las leyes de Montgomery, Alabama, exigían que las primeras cuatro filas estuvieran reservadas para pasajeros blancos y que los negros utilizaran las filas de atrás o la llamada “cocina”. El precio, sin embargo, era igual para todos. En esa ocasión la sección para blancos estaba toda ocupada y el conductor del autobús le exigió su asiento para un pasajero blanco. Rosa Parks se rehusó. Momentos después sería arrestada por la Policía, fichada y encarcelada. “Sabía que alguien tendría que dar el primer paso y me preparé para no moverme”, comentó después Parks.
Este incidente desencadenó la lucha por los derechos de los negros en Estados Unidos.
La comunidad negra de Montgomery se unió y organizó un boicot al sistema de autobuses. El boicot comenzó el mismo día del juicio contra Parks y fue exitoso. La Asociación para el Mejoramiento de Montgomery decidió extenderlo hasta que las leyes de segregación fueran declaradas inconstitucionales. Es en ese escenario que se inició Martin Luther King, Jr. como dirigente de la lucha por los derechos civiles. El reverendo, de apenas 27 años, imprimió en el mimeógrafo de su iglesia 7,000 hojas que exhortaban a no utilizar la transportación pública. Durante 382 días la comunidad negra de Montgomery no utilizó los autobuses y estableció un sistema alterno de transportación con 300 autos. Finalmente, después de varios capítulos en cortes inferiores, el Tribunal Supremo de Estados Unidos declaró inconstitucional la segregación en todos los Estados Unidos.
La proyección publica no fue fácil para Parks y su familia. Constantemente recibía amenazas telefónicas que afectaron a su esposo. Se mudó a Detroit donde continuó su labor a favor de la comunidad negra. No obstante, Parks aseguró -cuando celebró su cumpleaños número 77- que “me gustaría ser conocida como una persona que se preocupa por la libertad e igualdad, justicia y prosperidad de todas las personas”. Indudablemente Rosa Parks siempre será recordada como la “Madre de los Derechos Civiles”.
Por: Ana Ivelisse Feliciano, periodista
Este artículo fue publicado originalmente el 1 de marzo de 2005 en el periódico El Nuevo Día.
Un "no" que sacudió una nación
“La vida se encoge o se expande de acuerdo a nuestra propia valentía.”— Anais Nin
Desafiante, se negó a cederle su asiento en un autobús a un hombre blanco que lo exigía. El cansancio y la fatiga que tenía después de una larga jornada de trabajo como costurera en una tienda por departamentos fueron determinantes al momento de rehusarse a ponerse de pie. Con este simple gesto, Rosa Parks sacudió los cimientos de la sociedad americana, que aunque proclamaba en su Constitución la igualdad para todos, segregaba por razones de color a sus ciudadanos.
Eran los años 50 y en el sur de Estados Unidos todo estaba marcado “Sólo para Blancos” o “Sólo para Negros”. Rosa Parks creció en ese entorno; asistió a una escuela privada liberal “sólo para negros” en donde escuchaba a miembros del Ku Klux Klan durante sus asaltos nocturnos. Temía que la casa de su familia fuera la próxima que amaneciera hecha cenizas.
Ya en su adultez comenzó su resistencia silente. Dejó de utilizar los ascensores para negros y prefería subir las escaleras. Caminaba del trabajo a su casa a menos que estuviera demasiado agotada, porque la segregación en los autobuses la irritaba -como a cientos de ciudadanos negros que eran tratados de segunda categoría- y ayudaba a los negros a pasar las pruebas que les requerían para poder inscribirse para votar.
La noche del 1 de diciembre de 1955 Parks se encontraba particularmente cansada. Tomó el autobús y se sentó en las filas centrales. Finalmente descansaría sus pies. Las leyes de Montgomery, Alabama, exigían que las primeras cuatro filas estuvieran reservadas para pasajeros blancos y que los negros utilizaran las filas de atrás o la llamada “cocina”. El precio, sin embargo, era igual para todos. En esa ocasión la sección para blancos estaba toda ocupada y el conductor del autobús le exigió su asiento para un pasajero blanco. Rosa Parks se rehusó. Momentos después sería arrestada por la Policía, fichada y encarcelada. “Sabía que alguien tendría que dar el primer paso y me preparé para no moverme”, comentó después Parks.
Este incidente desencadenó la lucha por los derechos de los negros en Estados Unidos.
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| Rosa Parks frente all autobús |
La proyección publica no fue fácil para Parks y su familia. Constantemente recibía amenazas telefónicas que afectaron a su esposo. Se mudó a Detroit donde continuó su labor a favor de la comunidad negra. No obstante, Parks aseguró -cuando celebró su cumpleaños número 77- que “me gustaría ser conocida como una persona que se preocupa por la libertad e igualdad, justicia y prosperidad de todas las personas”. Indudablemente Rosa Parks siempre será recordada como la “Madre de los Derechos Civiles”.
Por: Ana Ivelisse Feliciano, periodista
Este artículo fue publicado originalmente el 1 de marzo de 2005 en el periódico El Nuevo Día.
14.3.08
Tagged under: BASCULA, MUJERES, PESO

MAQUINA: Bienvenidos, no se mueva….
CLIENTA: [Abre su cartera con desesperación. Rebusca todas las esquinas por una moneda de 25 centavos. Su cara se transforma ya que sólo encuentra viejos recibos y algunas monedas de un centavo. No se rinde. Sabe que allí tiene que tener una peseta. Por fin la encuentra. Se relaja un poco.]
MAQUINA: Bienvenidos, no se mueva....
CLIENTA: [Se despoja del exceso de ropa. Coloca su cartera en una mesa cercana. Se saca las llaves de su pantalón y se quita los zapatos. Se tensa nuevamente. Suspira y se posa sobre la máquina.]
MAQUINA: Bienvenidos, no se mueva... [A clienta le sudan las manos...] ...Su peso exacto es....
CLIENTA: [Abre los ojos incrédula ante los tres dígitos que le presentan. Se restrega los ojos. Su cara en una mueca, incrédula.]
MAQUINA: Y su fortuna es....
[La clienta recoje su cartera de mala gana, sale despavorida de la farmacia, olvida sus medicamentos y escuchar su buena fortuna. Lo que vio ya la perturbó la noche. Llega a su casa y se acuesta sin cenar.]
BAJA EL TELON
Visita a la farmacia en un acto
La clienta siempre visita la misma farmacia. A través de estrechos pasillos atestados de medicamentos, champú, materiales escolares, prendas de fantasía y figurines llega hasta el recetario para buscar sus mediacamentos de rigor. En la esquina está, como esperándola, la misma máquina desde hace ocho años. La clienta sabe que esa maldita máquina pocas veces le da buenas noticias. La mira con desdén, pero la máquina la seduce con su voz.
PRIMER ACTO ESCENA 1
PRIMER ACTO ESCENA 1
MAQUINA: Bienvenidos, no se mueva….
CLIENTA: [Abre su cartera con desesperación. Rebusca todas las esquinas por una moneda de 25 centavos. Su cara se transforma ya que sólo encuentra viejos recibos y algunas monedas de un centavo. No se rinde. Sabe que allí tiene que tener una peseta. Por fin la encuentra. Se relaja un poco.]
MAQUINA: Bienvenidos, no se mueva....
CLIENTA: [Se despoja del exceso de ropa. Coloca su cartera en una mesa cercana. Se saca las llaves de su pantalón y se quita los zapatos. Se tensa nuevamente. Suspira y se posa sobre la máquina.]
MAQUINA: Bienvenidos, no se mueva... [A clienta le sudan las manos...] ...Su peso exacto es....
CLIENTA: [Abre los ojos incrédula ante los tres dígitos que le presentan. Se restrega los ojos. Su cara en una mueca, incrédula.]
MAQUINA: Y su fortuna es....
[La clienta recoje su cartera de mala gana, sale despavorida de la farmacia, olvida sus medicamentos y escuchar su buena fortuna. Lo que vio ya la perturbó la noche. Llega a su casa y se acuesta sin cenar.]
BAJA EL TELON
10.3.08
Tagged under: LIBERACION FEMENINA, MUJERES, TAREAS DOMESTICAS, TRABAJO
Vivo rodeada de enemigas. Ellas no son producto de una fértil imaginación. No, no. Ocupan masa y espacio en mi casa para recordarme diariamente nuestro feudo. Y no es que no haya tratado de acercarme; lo he intentado de miles formas y utilizando diferentes estrategias. Sin embargo, debo confesar que he fracasado.
He intentado un acercamiento cordial una mañana de un sábado cualquiera o una fresca tarde del viernes. Hasta he faltado al trabajo con tal de tender el puente que nos separa, aparentemente, de forma irreversible. Sin embargo, no lo he logrado. Y es que las odio; tengo que admitirlo.
Mis enemigas pululan por la cocina, en el laundry, en los baños, en las gavetas, en los techos y abanicos, en los muebles y cojines, en los cristales y alfombras, entre los libros y cuadernos y hasta se apoderan de mi computadora.
¿No se dan cuenta que trabajo demasiado para atenderlas? ¿Es que no puede manejarse solas en la casa, sin mi intervención? ¿Tengo que tocar sus inmundicias para que se sientan bien? Es nuestra eterna pelea, creo que insalvable.
Para las que trabajamos fuera del hogar, las tareas domésticas son pesadillescas. Barrer, mapear, lavar, secar y guardar diez tandas de ropa, cepillar baños y pisos, limpiar el BBQ o el horno, brillar cristales y pulir muebles no es el escenario que esperábamos, cuando soltamos nuestros brasierres al aire y acortamos la distancia entre las funciones de un hombre y una mujer en la sociedad.
La liberación femenina que, alegadamente, nos liberó de la opresión machista, debió liberarnos también del delantal y el plumero. Pero no. Sólo nos añadió tareas fuera del hogar que, afortunadamente, resultan mucho más estimulantes para el intelecto que trapear toda la casa.
Sin embargo, las expectativas generales son que, además de matarnos fuera del hogar para aportar económicamente, retar intelectualmente y destacarnos laboralmente, tengamos que soportar que las enemigas domésticas nos esperen con la paciencia de un elefante en cada esquina de la casa y nos indiquen dónde se acumuló más polvo, salió un hongo o se quebró un cristal.
No pienso hacer las paces con ellas. Nos odiamos a muerte, aunque a veces, ellas ganan. Lo que me hace odiarlas más.
Enemigas en casa
He intentado un acercamiento cordial una mañana de un sábado cualquiera o una fresca tarde del viernes. Hasta he faltado al trabajo con tal de tender el puente que nos separa, aparentemente, de forma irreversible. Sin embargo, no lo he logrado. Y es que las odio; tengo que admitirlo.
Mis enemigas pululan por la cocina, en el laundry, en los baños, en las gavetas, en los techos y abanicos, en los muebles y cojines, en los cristales y alfombras, entre los libros y cuadernos y hasta se apoderan de mi computadora.
¿No se dan cuenta que trabajo demasiado para atenderlas? ¿Es que no puede manejarse solas en la casa, sin mi intervención? ¿Tengo que tocar sus inmundicias para que se sientan bien? Es nuestra eterna pelea, creo que insalvable.
Para las que trabajamos fuera del hogar, las tareas domésticas son pesadillescas. Barrer, mapear, lavar, secar y guardar diez tandas de ropa, cepillar baños y pisos, limpiar el BBQ o el horno, brillar cristales y pulir muebles no es el escenario que esperábamos, cuando soltamos nuestros brasierres al aire y acortamos la distancia entre las funciones de un hombre y una mujer en la sociedad.
La liberación femenina que, alegadamente, nos liberó de la opresión machista, debió liberarnos también del delantal y el plumero. Pero no. Sólo nos añadió tareas fuera del hogar que, afortunadamente, resultan mucho más estimulantes para el intelecto que trapear toda la casa.
Sin embargo, las expectativas generales son que, además de matarnos fuera del hogar para aportar económicamente, retar intelectualmente y destacarnos laboralmente, tengamos que soportar que las enemigas domésticas nos esperen con la paciencia de un elefante en cada esquina de la casa y nos indiquen dónde se acumuló más polvo, salió un hongo o se quebró un cristal.
No pienso hacer las paces con ellas. Nos odiamos a muerte, aunque a veces, ellas ganan. Lo que me hace odiarlas más.
8.3.08
Tagged under: CELEBRACION, DESCANSO, MUJERES

Tengo que ser honesta. Con todo y mis aires feministas, me molesta el Día Internacional de la Mujer. Preferiría que en vez de homenajes y reflexiones, fuera un día que nos permita tener solaz de la manera que prefiramos. Idealmente, un día de spas, masajes, música tranquila, silencio profundo y varias copas de vino en soledad. Pero no. Por lo general, pasamos ese día, y la semana completa, con una sobredosis de estadísticas sobre violencia de género, hostigamiento sexual, cifras de desempleo, doble jornada, desigualdad en los salarios, en los puestos de trabajo y en la política, por mencionar unos cuantos.
No necesito que me las recuerden una vez más. Para cientos de miles de mujeres que pasamos los días trabajando de sol a sol, sea fuera de la casa o en el hogar o en ambos, tanto número sólo nos recuerda que apenas hemos alcanzado la superficie y que falta mucho camino por recorrer. Estamos muy lejos de la igualdad y vivimos aún el doble estándar. Pienso en las historias que me hacía mi abuela sobre un día ordinario en su vida, y parecería que son los cuentos que, con suerte, le haré a mis nietas.
Entonces, ¿no nos merecemos un día sólo para nosotras, sin maridos ni hijos ni novios que nos permita una verdadera reflexión sobre lo que deseamos hacer con nuestras vidas?
Un día así sería una verdadera celebración.
Una verdadera celebración
Tengo que ser honesta. Con todo y mis aires feministas, me molesta el Día Internacional de la Mujer. Preferiría que en vez de homenajes y reflexiones, fuera un día que nos permita tener solaz de la manera que prefiramos. Idealmente, un día de spas, masajes, música tranquila, silencio profundo y varias copas de vino en soledad. Pero no. Por lo general, pasamos ese día, y la semana completa, con una sobredosis de estadísticas sobre violencia de género, hostigamiento sexual, cifras de desempleo, doble jornada, desigualdad en los salarios, en los puestos de trabajo y en la política, por mencionar unos cuantos.
No necesito que me las recuerden una vez más. Para cientos de miles de mujeres que pasamos los días trabajando de sol a sol, sea fuera de la casa o en el hogar o en ambos, tanto número sólo nos recuerda que apenas hemos alcanzado la superficie y que falta mucho camino por recorrer. Estamos muy lejos de la igualdad y vivimos aún el doble estándar. Pienso en las historias que me hacía mi abuela sobre un día ordinario en su vida, y parecería que son los cuentos que, con suerte, le haré a mis nietas.
Entonces, ¿no nos merecemos un día sólo para nosotras, sin maridos ni hijos ni novios que nos permita una verdadera reflexión sobre lo que deseamos hacer con nuestras vidas?
Un día así sería una verdadera celebración.
27.12.07
Tagged under: CUESTIONAMIENTOS, DECISIONES, MATERNIDAD, MUJERES
Primer trimestre de 1999. Mi religioso período se ausenta y, como estaba recuperándome de una operación, pensé que sería el efecto de tanto antibiótico en el cuerpo, aunque en el fondo sabía lo que significaba.
Levaba más de un año combatiendo una fuerte infección antes que pudieran operarme. Con la excusa de los antibióticos, pasé por alto la alerta de mi cuerpo, hasta que una mañana, al salir del cuarto, el olor a café recién colado, mi aroma mañanero predilecto, me pareció repugnante. Jamás un aroma me desagradó tanto.
Lo que quería ocultarme a mí misma con proyectos, trabajo y poniéndome al día en la agencia de publicidad, quedaban al descubierto: estaba embarazada.
Fue como un baño de agua fría, no porque no quisiera tener hijos, sino porque se abrían las puertas de un mundo de dudas y decisiones que hasta ese momento mantenía cerradas.
Es en el momento de las decisiones determinantes en nuestras vidas que las mujeres probamos lo que es pensar con ambos lados del cerebro. El futuro comienza a obsesionarnos. Las cosas apremiantes las tenemos que hacer en menos de siete meses y lo postergable tendrá que esperar un lustro. Hacemos un reality check de la relación de pareja, si existe, la carrera y los planes a corto y largo plazo. Solo hay cuarenta semanas de por medio entre una vida y la otra.
Y es cuando nos encontramos con más preguntas que respuestas.
¿Qué hacer? ¿Cómo enfrentar los cambios en mi cuerpo? ¿Cómo sería el parto? ¿Cuántas libras aumentaré? ¿Cómo criar a un hijo? ¿Y si no está saludable? ¿Y si tiene Síndrome Down? ¿Como será eso de la mala barriga? ¿Tendré muchas náuseas?
Decenas de dudas nos inundan, algunas de transcendencia y otras triviales, pero igualmente válidas. Algunas que responderemos en pocos días, otras que nos tomarán años en contestarlas con claridad.
El día que salí a la farmacia a corroborar lo que ya sabía, también estaba decidida a afrontar los cambios que tendría en mi futuro cercano y los que me esperaban a lo largo de muchos años.
De pequeña jugaba a ser mamá, sin embargo mis queridas muñecas llegaban solicitadas, con características específicas de tamaño y color. Ahora aquel juego de niñas de mis recuerdos, en el que las alimentaba y vestía con los hermosos trajes que les cosía mi mamá, daría paso a una nueva realidad.
Adulta, con una nueva aversión al café y una barriga creciendo, me alejaba a la velocidad de la luz de mis recuerdos de niña.
Y aunque le digamos al mundo que brincamos de felicidad, en las noches, entre las penumbras, tenemos pavor porque sabemos que la materinidad ya no es un juego de niñas y que la vida cambiará para siempre.
Complejidades femeninas II: La Maternidad
Levaba más de un año combatiendo una fuerte infección antes que pudieran operarme. Con la excusa de los antibióticos, pasé por alto la alerta de mi cuerpo, hasta que una mañana, al salir del cuarto, el olor a café recién colado, mi aroma mañanero predilecto, me pareció repugnante. Jamás un aroma me desagradó tanto.
Lo que quería ocultarme a mí misma con proyectos, trabajo y poniéndome al día en la agencia de publicidad, quedaban al descubierto: estaba embarazada.
Fue como un baño de agua fría, no porque no quisiera tener hijos, sino porque se abrían las puertas de un mundo de dudas y decisiones que hasta ese momento mantenía cerradas.
Es en el momento de las decisiones determinantes en nuestras vidas que las mujeres probamos lo que es pensar con ambos lados del cerebro. El futuro comienza a obsesionarnos. Las cosas apremiantes las tenemos que hacer en menos de siete meses y lo postergable tendrá que esperar un lustro. Hacemos un reality check de la relación de pareja, si existe, la carrera y los planes a corto y largo plazo. Solo hay cuarenta semanas de por medio entre una vida y la otra.
Y es cuando nos encontramos con más preguntas que respuestas.
¿Qué hacer? ¿Cómo enfrentar los cambios en mi cuerpo? ¿Cómo sería el parto? ¿Cuántas libras aumentaré? ¿Cómo criar a un hijo? ¿Y si no está saludable? ¿Y si tiene Síndrome Down? ¿Como será eso de la mala barriga? ¿Tendré muchas náuseas?
Decenas de dudas nos inundan, algunas de transcendencia y otras triviales, pero igualmente válidas. Algunas que responderemos en pocos días, otras que nos tomarán años en contestarlas con claridad.
El día que salí a la farmacia a corroborar lo que ya sabía, también estaba decidida a afrontar los cambios que tendría en mi futuro cercano y los que me esperaban a lo largo de muchos años.
De pequeña jugaba a ser mamá, sin embargo mis queridas muñecas llegaban solicitadas, con características específicas de tamaño y color. Ahora aquel juego de niñas de mis recuerdos, en el que las alimentaba y vestía con los hermosos trajes que les cosía mi mamá, daría paso a una nueva realidad.
Adulta, con una nueva aversión al café y una barriga creciendo, me alejaba a la velocidad de la luz de mis recuerdos de niña.
Y aunque le digamos al mundo que brincamos de felicidad, en las noches, entre las penumbras, tenemos pavor porque sabemos que la materinidad ya no es un juego de niñas y que la vida cambiará para siempre.
23.12.07
Tagged under: DELGADEZ, MUJERES, PESO

Complejidades Femeninas I: El Peso
Todas las mujeres tenemos una, sea en el baño o escondida en el walk in clóset. Sabemos que cuando nos acerquemos a ella, no solamente determinará nuestro estado de ánimo sino lo que comeremos durante las próximas 24 horas. Tenemos con ella una relación sadomasoquista, porque conocemos de sobra que muy pocas veces nos da la noticia que esperamos. Es más ave de mal agüero que otra cosa. Pero inelubible, porque ella espera pacientemente en su esquina, como el que se deleita en dar una mala noticia.
Cuando finalmente nos posamos sobre ella vemos que la báscula marca los tres dígitos que no estamos esperando.
Comenzamos mal el día.
Sea por imposición, persuasión o elección, la obsesión femenina con mantener un peso por debajo del promedio, parecería un fenómeno mediático, pero se remonta tan atrás como a la Grecia Clásica. Una mujer en Grecia ingería un pedazo de pan mojado en vino para el desayuno, y pan, vino, aceite de oliva, higos y pescado para la cena. En total no consumía más de 600 calorías al día y toda esta hambruna era sólo para mantener el peso y la figura “ideal”.
Las griegas no tenían a Paris Hilton, Eva Longoria o las vidrieras de Saks Fifth Avenue para recordarles que debían ser size cero, pero seguramente tendrían una amiga, vecina o hasta una esclava más delgadas que ellas como advertencia de que tenían que perder algunas libras adicionales con tal de mantener su posición en la sociedad, aunque ésta fuera la de ama de casa.
Tanto en la Grecia Clásica como ahora, la sociedad nos impone una carga de pocas libras y de mucho de peso: la de la delgadez extrema. En una sociedad obsesionada con la figura esbelta, tener unas libras de más o ser obeso es motivo de discriminación y burla. Por supuesto, esto termina afectando la auto estima de las mujeres que cada día nos privamos de ciertos gustos culinarios con tal de mantener el peso deseado o ¿el impuesto?
Pero el asunto del peso ya ha trascendido la vanidad.
Un estudio publicado por el Boston Globe indicó que la obesidad en las mujeres afecta las posibilidades de matrimonio y su seguridad de empleo y financiera. En otro estudio realizado por la Universidad de Tenesee se demostró que el salario de una mujer obesa se ve reducido en 4.5% frente a mujeres que están por debajo de su peso recomendado. En dólares y centavos, se traduce a alrededor de $100,000 dólares menos a los largo de su carrera. Eso es bastante dinero.
Como era de esperarse, los hombres no tienen esos problemas. Gordos o improductivos siempre ganan más que una mujer.
Así, la presión porque nos veamos extremadamente delgadas no sólo es de los medios de comunicación, sino de los lugares de trabajo. Otros estudios han demostrado que una mujer con estudios graduados y obesa ganará lo mismo que una con sólo un cuarto año de escuela superior. Nuevamente el poder de la imagen se impone sobre otras consideraciones que entendíamos prioritarias, como la eduación. Mientras más huesos tengamos a la vista de todos, mejor el empleo o los ingresos que tendremos. Lo que significa que para mantener una carrera digna y productiva, tenemos que matarnos de hambre.
Y es que somos bombardeadas masivamente por mensajes que nos llevan a tomar decisiones drásticas con nuestros cuerpos. Por un lado los medios de comunicación y por el otro, la presión social y el mercado. Entrar a un centro comercial y observar las vidrieras llenas de maniquíes vestidos en tamaño cero es deprimente. Para el estándar del mercado, estar en tamaño cinco es una afrenta al concepto de cuerpo/peso/belleza ideal.
Por eso, nos pasamos la vida contanto calorías, carbohidratos, grasas saturadas, trans fats, proteínas, nos atosigamos de pastillas milagrosas para perder peso rápido, tratamos la dieta de los tres días, la de la toronja, la “Zone Diet”, la “South Beach”, la Dieta Atkins, la Mediterránea, y aun así, cuando nos miramos al espejo observamos lonjas de más por todas partes y nos cuestionamos si algún día lograremos encajar en el modelo que nos han impuesto.
Yo siempre tengo cinco libras de más. Por eso, miro mi báscula con desdén como el que sabe que recibirá una mala noticia. Me poso sobre ella y espero los tres dígitos. Es un ejercicio futil, porque de antemano sé que no serán los que estoy esperando, sin embargo, hoy no significará que comienzo mal el día.
Cuando finalmente nos posamos sobre ella vemos que la báscula marca los tres dígitos que no estamos esperando.
Comenzamos mal el día.
Sea por imposición, persuasión o elección, la obsesión femenina con mantener un peso por debajo del promedio, parecería un fenómeno mediático, pero se remonta tan atrás como a la Grecia Clásica. Una mujer en Grecia ingería un pedazo de pan mojado en vino para el desayuno, y pan, vino, aceite de oliva, higos y pescado para la cena. En total no consumía más de 600 calorías al día y toda esta hambruna era sólo para mantener el peso y la figura “ideal”.
Las griegas no tenían a Paris Hilton, Eva Longoria o las vidrieras de Saks Fifth Avenue para recordarles que debían ser size cero, pero seguramente tendrían una amiga, vecina o hasta una esclava más delgadas que ellas como advertencia de que tenían que perder algunas libras adicionales con tal de mantener su posición en la sociedad, aunque ésta fuera la de ama de casa.
Tanto en la Grecia Clásica como ahora, la sociedad nos impone una carga de pocas libras y de mucho de peso: la de la delgadez extrema. En una sociedad obsesionada con la figura esbelta, tener unas libras de más o ser obeso es motivo de discriminación y burla. Por supuesto, esto termina afectando la auto estima de las mujeres que cada día nos privamos de ciertos gustos culinarios con tal de mantener el peso deseado o ¿el impuesto?
Pero el asunto del peso ya ha trascendido la vanidad.
Un estudio publicado por el Boston Globe indicó que la obesidad en las mujeres afecta las posibilidades de matrimonio y su seguridad de empleo y financiera. En otro estudio realizado por la Universidad de Tenesee se demostró que el salario de una mujer obesa se ve reducido en 4.5% frente a mujeres que están por debajo de su peso recomendado. En dólares y centavos, se traduce a alrededor de $100,000 dólares menos a los largo de su carrera. Eso es bastante dinero.
Como era de esperarse, los hombres no tienen esos problemas. Gordos o improductivos siempre ganan más que una mujer.
Así, la presión porque nos veamos extremadamente delgadas no sólo es de los medios de comunicación, sino de los lugares de trabajo. Otros estudios han demostrado que una mujer con estudios graduados y obesa ganará lo mismo que una con sólo un cuarto año de escuela superior. Nuevamente el poder de la imagen se impone sobre otras consideraciones que entendíamos prioritarias, como la eduación. Mientras más huesos tengamos a la vista de todos, mejor el empleo o los ingresos que tendremos. Lo que significa que para mantener una carrera digna y productiva, tenemos que matarnos de hambre.
Y es que somos bombardeadas masivamente por mensajes que nos llevan a tomar decisiones drásticas con nuestros cuerpos. Por un lado los medios de comunicación y por el otro, la presión social y el mercado. Entrar a un centro comercial y observar las vidrieras llenas de maniquíes vestidos en tamaño cero es deprimente. Para el estándar del mercado, estar en tamaño cinco es una afrenta al concepto de cuerpo/peso/belleza ideal.
Por eso, nos pasamos la vida contanto calorías, carbohidratos, grasas saturadas, trans fats, proteínas, nos atosigamos de pastillas milagrosas para perder peso rápido, tratamos la dieta de los tres días, la de la toronja, la “Zone Diet”, la “South Beach”, la Dieta Atkins, la Mediterránea, y aun así, cuando nos miramos al espejo observamos lonjas de más por todas partes y nos cuestionamos si algún día lograremos encajar en el modelo que nos han impuesto.
Yo siempre tengo cinco libras de más. Por eso, miro mi báscula con desdén como el que sabe que recibirá una mala noticia. Me poso sobre ella y espero los tres dígitos. Es un ejercicio futil, porque de antemano sé que no serán los que estoy esperando, sin embargo, hoy no significará que comienzo mal el día.
20.12.07
Tagged under: FEMENEIDAD, MUJERES, PARADOJAS

1.Como pienso con ambos lados del cerebro, puedo cambiar de opinión cuantas veces desee sin que tenga que ofrecer mayores explicaciones.
2.Cuando quiero que me escuches, es en silencio. Si quiero tu opinión te la pediré sin vacilar.
3. Cuando digo No significa NO.
4. Aunque mi clóset este lleno de ropa, si digo que hoy no tengo nada que ponerme, es que no tengo nada que ponerme.
5. A veces me hago el pelo, las uñas y la cara, solo para mi.
6. Siempre tengo que mirarme cuando paso frente a un espejo.
7. Canto, ensayo conversaciones, bailo y dramatizo mi vida frente al espejo.
8. También aprecio el [silencio].
9. El PMS me provoca irritabilidad y ansiedad, así que cada 28 días cambio de personalidad y punto. No hay nada que puedas hacer al respecto.
10. Como tú, quiero que la mentruación sea opcional.
11. Me fascina irme de compras sin pensar en los intereses de las tarjetas de crédito o el balance de la ATH.
12. Cuando quiera tu puesto de trabajo, lo obtendré sin problemas. Mientras tanto, calma.
13. Lloro cuando quiero, sea de felicidad o de frustración.
14. Cuando lloro por dolor, lo hago en soledad.
15. Ya no sé vivir sin tecnología, así que necesito mi celular, mi IPod, mi PDA, mi cámara digital y mi Wireless. Tengo tecnología, luego existo.
16. La insinuación también es seducción.
17. Necesito 4000 pares de zapatos en mi clóset con sus respectivas carteras. Cualquier otra cosa es indigencia.
18. Las tareas domésticas no están entre mis fortalezas.
19. Si no cambio las gomas del auto no es porque no sepa, es para no mancharme las manos.
20. Necesitas capturar mi atención con tu inteligencia; los bíceps, tríceps, tórax y espaldas protuberadas son sólo elementos decorativos temporales.
21. Pienso en sexo tanto como tú.
22. Amo más a mis amigas cuando a ti no te gustan.
23. Soy más que feliz cuando asumes el espacio de la cocina.
24. Prefiero tu ATH a la mía.
25. Me encanta reirme a carcajadas, ser escandalosa e histérica.
26. Quisiera que los hombres parieran, menstruaran y sufrieran los calentones menopáusicos.
27. Cuando algo te duele, siempre pienso que ese dolor es de menor intensidad del que alegas.
28. Un catarro no mata a nadie, asi que puedes salir de la cama y hacer las cosas que normalmente haces. Solo tómate una Tylenol.
29. Mi sexto sentido no me miente. Tarde o temprano te encargarás de corroborar con tus acciones lo que me indicaban mis instintos.
30. Me deleito en el ritual de estar dos horas preparándome para salir.
31. Cuando te pregunto si he aumentado de peso, espero que me digas la verdad.
32. Prefiero creer en una diosa; al menos ella compendería mis ambigüedades de mitad de mes.
33. Sí, tengo que comprar algo cada vez que voy al mall.
34. No a todas nos gustan las baladas pop, ni Estereotempo o Fidelity; otras preferimos el rock.
35. Cuando mejor me siento, llamo a la oficina para decir que estoy enferma y tomarme un día solo para mi.
36. Siempre tenemos la pieza para el jaque mate.
37. “Pink is the new black”, acostúmbrate.
38. Cuando opino diferente no estoy declarándote la Guerra.
39. Leo el horóscopo diariamente... y el tuyo también.
40. No me gustan las sobras ni la comida recalentada aunque lo digan en el ¡Food Network!
41. Quisiera comerme todos los postres del mundo sin aumentar ni una onza de peso.
42. Ignoro con mucha facilidad las críticas sin fundamento. Ignorar no es olvidar.
43. Tengo memoria de elefante, no olvido ningún detalle.
44. Soy una morbosa de los detalles, si me vas a contar algo, cuéntamelo bien.
45. Baño no es sinónimo de biblioteca.
46. Cuando vayas a hacer una tarea que requiera herramientas, llévatelas todas.
47. Cuando digo que no sé donde están las llaves, significa que NO las he visto.
48. Siempre hay alquien que te conoce donde menos te lo imaginas y encima existe Picture Mail.
49. Me gustan las películas románticas y pensar que esa es mi historia.
50. Soy paradójica y compleja; lo sé y me gusta.
Por: Ana Ivelisse Feliciano
50 cosas que las mujeres queremos dejar meridianamente claras

1.Como pienso con ambos lados del cerebro, puedo cambiar de opinión cuantas veces desee sin que tenga que ofrecer mayores explicaciones.
2.Cuando quiero que me escuches, es en silencio. Si quiero tu opinión te la pediré sin vacilar.
3. Cuando digo No significa NO.
4. Aunque mi clóset este lleno de ropa, si digo que hoy no tengo nada que ponerme, es que no tengo nada que ponerme.
5. A veces me hago el pelo, las uñas y la cara, solo para mi.
6. Siempre tengo que mirarme cuando paso frente a un espejo.
7. Canto, ensayo conversaciones, bailo y dramatizo mi vida frente al espejo.
8. También aprecio el [silencio].
9. El PMS me provoca irritabilidad y ansiedad, así que cada 28 días cambio de personalidad y punto. No hay nada que puedas hacer al respecto.
10. Como tú, quiero que la mentruación sea opcional.
11. Me fascina irme de compras sin pensar en los intereses de las tarjetas de crédito o el balance de la ATH.
12. Cuando quiera tu puesto de trabajo, lo obtendré sin problemas. Mientras tanto, calma.
13. Lloro cuando quiero, sea de felicidad o de frustración.
14. Cuando lloro por dolor, lo hago en soledad.
15. Ya no sé vivir sin tecnología, así que necesito mi celular, mi IPod, mi PDA, mi cámara digital y mi Wireless. Tengo tecnología, luego existo.
16. La insinuación también es seducción.
17. Necesito 4000 pares de zapatos en mi clóset con sus respectivas carteras. Cualquier otra cosa es indigencia.
18. Las tareas domésticas no están entre mis fortalezas.
19. Si no cambio las gomas del auto no es porque no sepa, es para no mancharme las manos.
20. Necesitas capturar mi atención con tu inteligencia; los bíceps, tríceps, tórax y espaldas protuberadas son sólo elementos decorativos temporales.
21. Pienso en sexo tanto como tú.
22. Amo más a mis amigas cuando a ti no te gustan.
23. Soy más que feliz cuando asumes el espacio de la cocina.
24. Prefiero tu ATH a la mía.
25. Me encanta reirme a carcajadas, ser escandalosa e histérica.
26. Quisiera que los hombres parieran, menstruaran y sufrieran los calentones menopáusicos.
27. Cuando algo te duele, siempre pienso que ese dolor es de menor intensidad del que alegas.
28. Un catarro no mata a nadie, asi que puedes salir de la cama y hacer las cosas que normalmente haces. Solo tómate una Tylenol.
29. Mi sexto sentido no me miente. Tarde o temprano te encargarás de corroborar con tus acciones lo que me indicaban mis instintos.
30. Me deleito en el ritual de estar dos horas preparándome para salir.
31. Cuando te pregunto si he aumentado de peso, espero que me digas la verdad.
32. Prefiero creer en una diosa; al menos ella compendería mis ambigüedades de mitad de mes.
33. Sí, tengo que comprar algo cada vez que voy al mall.
34. No a todas nos gustan las baladas pop, ni Estereotempo o Fidelity; otras preferimos el rock.
35. Cuando mejor me siento, llamo a la oficina para decir que estoy enferma y tomarme un día solo para mi.
36. Siempre tenemos la pieza para el jaque mate.
37. “Pink is the new black”, acostúmbrate.
38. Cuando opino diferente no estoy declarándote la Guerra.
39. Leo el horóscopo diariamente... y el tuyo también.
40. No me gustan las sobras ni la comida recalentada aunque lo digan en el ¡Food Network!
41. Quisiera comerme todos los postres del mundo sin aumentar ni una onza de peso.
42. Ignoro con mucha facilidad las críticas sin fundamento. Ignorar no es olvidar.
43. Tengo memoria de elefante, no olvido ningún detalle.
44. Soy una morbosa de los detalles, si me vas a contar algo, cuéntamelo bien.
45. Baño no es sinónimo de biblioteca.
46. Cuando vayas a hacer una tarea que requiera herramientas, llévatelas todas.
47. Cuando digo que no sé donde están las llaves, significa que NO las he visto.
48. Siempre hay alquien que te conoce donde menos te lo imaginas y encima existe Picture Mail.
49. Me gustan las películas románticas y pensar que esa es mi historia.
50. Soy paradójica y compleja; lo sé y me gusta.
Por: Ana Ivelisse Feliciano
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