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31.3.07

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Las enmiendas al Codigo Civil

Las enmiendas al Libro de la Familia del Código Civil tienen a la opinión pública polarizada con una sola palabra: “moral”. Para comenzar y dejar mi punto claro desde el principio, considero que es responsabilidad del Estado proteger los derechos de los homosexuales de la misma manera que le exige sus responsabilidades cuidadanas, como por ejemplo, el pago de contribuciones sobre ingresos y propiedad por mencionar sólo una.

La comunidad homosexual tiene ante sí la oportunidad dorada para demostrar su poder político y económico, que a fin de cuentas es lo que pondrá a temblar a los políticos de turno. Es el momento ideal para presentar al país, cuantitativa y cualitativamente, cuánto aportan al fisco, de cuántos ciudadanos estamos hablando, cuántos son empresarios, cuántos están empleados, cuantos están saludables, cuál es la mediana de su poder adquisitivo y todos los demás indicativos de un grupo demográfico poderoso y coherente. Realmente esos son los datos que le interesan a los políticos. Los cuestionamientos morales y del mal llamado “derrumbe de la institución familiar” son sólo un disfraz, un escudo para no dar pasos que comprometan su reelección y enraizamiento en las esferas de poder. Para levantar el cuestionamiento de la moralidad, los políticos, muy hábilmente, han incluido en la discusción a los religiosos para que sean éstos los que emitan juicios, basados en sus dogmas.

No obstante, creo que para dar una impresión de unidad, la comunidad homosexual debería eliminar las subcategorías. Considero que al llamarse a sí misma como comunidad GLBT (Gay, Lesbiana, Bisexual y Transgénero), el sector homosexual se muestra dividido y sin cohesión, mostrando fisuras que los políticos definitivamente aprovecharán para no aprobar enmiendas al Código Civil. Las enmiendas ocurrirán solo si la comunidad homosexual se demuestra robusta y asertiva en sus planteamientos, demuestra la profundidas del discrimen en su contra y la debilidad de sus derechos y responsabilidades frente a los ciudadanos heterosexuales. El asunto no debe limitarse al derecho a contraer matrimonio, porque ese es sólo un elemento dentro de un entramado civil.

La Iglesia, por su parte, ha sido convocada por el Estado y aunque nuestra Constitución indique utópicamente que existirá la división entre ambas instituciones, la realidad en la isla es que el Estado le da demasiada opinión a la Iglesia en los asuntos civiles convirtiendo de ese modo cualquier discusión sobre derechos en planteamientos de fe.

El gobierno, para resolver cualquier cosa llama al Monseñor González, al Reverendo Jorge Raschkee y a otros líderes de distintas denominaciones para que intervengan “por el bien común” y en aras del llamado “consenso”. Esta excesiva intromisión de la Iglesia en los asuntos del país ha sido provocada por el propio Estado y ahora, con un tema tan importante, y como era de esperarse, no es la excepción. Sobre todo, cuando será por las presiones de la Iglesia, amparándose en sus miles de feligreses y demostrando que es una institución poderosa capaz de subir y bajar gobiernos, que el análisis legislativo y las acciones ejecutivas quedarán en suspenso, afectando con la inercia no sólo a la comunidad homosexual, sino el futuro de miles de ciudadanos que esperamos un Código Civil de avanzada.

Para mantenerse en el juego de la ambivalencia, el gobernador dice un día para para él el matrimonio es sólo entre una mujer y un hombre y a los dos días indica que “evaluará” las enmiendas al Código Civil. El Monseñor González se muestra también tambaleante en sus poturas. Aunque no acepta el matrimonio entre parejas del mismo sexo, sí acepta que hereden. O sea, que vivan en concubinato (práctica condenada por la Iglesia), que no tengan relaciones íntimas, pero que se dividan el dinero, como buenos hermanos. Eso es ridículo. Esta ambivalencia es la que realmente lacera la familia, independientemente de cómo esté compuesta. Lo inevitable e inesquivable es que la familia contemporánea no es como Papa, Mama, Pepín y Mota. Es diferente, no buena ni mala.

Y el Estado debe garantizar que todos los ciudadanos sean iguales ante la ley. Sólo con derechos y responsabilidades plenos es que se logra un país realmente democrático.

18.2.07

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Ana Torres Hernández: una pasión en blanco y negro


“...tú en la música, eres inmortal”
Trina Padilla de Sanz, inédito


Las teclas blancas y negras de su piano fueron su inspiración y su pasión. Cada pulsación, cada nota, podrían trasladarla al éxtasis que sólo la música es capaz de transmitir. Sin embargo, su nombre ha sido olvidado y sólo es parte del baúl de recuerdos de una familia que se niega a que Ana Otero Hernández pase irremediablemente al olvido colectivo.

Reconocida como la primera concertista clásica que tuvo Puerto Rico en el siglo 19, Ana Otero Hernández fue la octava de los 16 vástagos del matrimonio de la puertorriqueña Carmen Hernández Ramos y el español Ignacio Otero y Aquilina de Humacao. Sus padres inculcaron a sus hijos el amor por el arte y en su residencia se reunían intelectuales de la época de renombre internacional, entre ellos la diva italo-española Adelina Patti y el virtuoso pianista y compositor Louis Moreau Gottschalk. Su padre fue artesano, director de teatro, impresor y músico. De los hijos de la familia sólo la mitad legó a la adultez y la mayoría de ellos, como era de esperarse, se inclinó por alguna rama del arte.

Ana Otero nació el 24 de julio de 1861 y desde muy pequeña demostró que su pasión era la música y, en especial, el piano. Sus ejecutorias eran conocidas en la isla y hasta el maestro Manuel Gregorio Tavárez la proclamó en el 1886 como su “digna sucesora”. Sin embargo, Ana deseaba más. En el 1875 conoció en Puerto Rico al pianista y compositor catalán Isaac Albéniz, quien a los 15 años era reconocido como un prodigio musical. Bajo su auspicio estudió piano en el Conservatorio de Música de París, institución a la que sólo admitían a tres estudiantes extranjeros. Su talento y habilidad musical impresionaron al respetado profesor francés Antoine Francois Marmotel que la aceptó sin reparos.

Sin embargo, estudiar en Francia requería mucho dinero. Para ayudarla con los gastos de estudio, se organizaron en Puerto Rico trece conciertos benéficos a lo largo y ancho de la isla para que Ana pudiera pagar su instrucción. Mas aun, los esfuerzos de sus paisanos continuaron bajo el mando de la sufragista Ana Roque de Duprey que donó los fondos generados con la venta de su revista Euterpe para que la joven continuara sus estudios.

Ana no dejó de ser una isleña que estudiaba en París, por lo que tuvo que luchar contra los prejuicios y estereotipos, el clima, el idioma y el nacionalismo francés. Demostró su fuerza y se refugió en el idioma de la música. Fue aplaudida en los más importantes escenarios de Europa, Estados, América Central y América del Sur. De hecho, relata la prensa de la época que al concluir un recital en Maracaibo, Venezuela, el presidente de la república le entrega un ramo con doce rosas y monedas de oro amarradas a cada flor.

Mientras que luego de un recital en Francia, el exiliado en Paris Ramón Emeterio Betances, le escribió “su talento queda desde hoy consagrado por los aplausos de este público parisiense que, en materia de arte, es el juez más competente y más severo del mundo.”

Las notas que sus largos dedos producían en el piano conmovieron a grandes personalidades políticas y artísticas de la época, incluyendo a José Martí, Rubén Darío, y los puertorriqueños Manuel Gregorio Tavárez, Juan Morell Campos y Luis Muñoz Rivera, entre otros.

Ana Otero Hernández logró su sueño de encantar al mundo con el lenguaje de su música. Fue la primera mujer en dirigir una orquesta en Puerto Rico y su filantropía la llevó a compartir sus conocimientos con otros jóvenes talentosos al fundar la Academia de Música de San Juan. El próximo 4 de abril se cumplen cien años de su muerte y su historia, apenas sale del baúl familiar donde lleva más de 150 años guardada.

Por: Ana Ivelisse Feliciano, periodista

Nota: Este artículo fue redactado en marzo del 2005 con motivo de la Semana de la Mujer.